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Raúl González Tuñón

La botella arrojada al mar con un mensaje

 

¿Dónde habrán ido, insólitos, a parar los mensajes
victoriosos o atroces que temblorosas manos
de mujeres perdidas o extraños pasajeros,
capitanes sin brújula y poetas malditos
lanzaron al azar de las ondas fugaces
desde islas sin nombre o viejos transatlánticos?
¿Cuál de ellos llegó a destino, y en qué forma
cambió una vida, un mito, un país, el futuro?
¿Qué cifra misteriosa jamás fue comprendida?
¡Saluden! quienes vean pasar una botella
sobre olas que agitan de pronto los delfines
desde el barco o la costa, y no pueden asirla,
como si fuera esa flor del hielo
y el gran silencio blanco, la novia de los icebergs,
la empecinada edelweiss.

Así es de fascinante ver que se nos va un sueño
en busca de quién sabe qué puerto, qué ventana
de qué otra memoria oscura o deslumbrante,
de alguien que está esperando cuando el día se muere.

Ese profundo optimismo de Tuñón... Aunque la palabra no es "optimismo" (es la palabra que se le ocurre a uno, en comparación con la realidad, en medio de tanta caída de todo lo que vale). "Esperanza", tal vez, o búsqueda --en lo existente, en lo imaginado, en lo leído, en lo recordado-- de cierta infinitud de sentido, cierta reverberación, el vislumbre de "algo que llama" o "algo que está esperando", reanimando todo con la luz del deseo. Aun en la tristeza, como en este caso ("una tristeza saludable", como decía él), el alma se entrega amorosa a las señales que recibe. Motivos para seguir adelante, para sentir con todos los sentidos que estar vivo es algo más y mejor que cumplir con las tareas que nos asigna el sistema o a la que el sistema nos obliga a resignarnos y tratar de no derrumbarnos del todo. Me consta, y no sólo por haberlo conocido a RGT, que no hay pose en esta posición subjetiva, ni ingenuidad boba ni obediencia a un programa ético, estético o ideológico: de un núcleo vivo surge, a un núcleo vivo responde, y sigue respondiendo cuando uno vuelve a leer "La botella arrojada al mar con un mensaje" y a sentir algo de esa manera de relacionarse con el universo y a celebrar que esa sensación le resulte a uno posible todavía, cuando casi todo parece burlarse de las ganas de vivirla. "La botella" está en El rumbo de las islas perdidas, uno de los últimos libros del autor y, para mí, uno de los mejores, que además marca un momento muy singular en su obra: un Tuñón más sereno, levemente melancólico, más reflexivo que en cualquier otro de sus libros, despliega algo así como un "sistema poético del mundo", para usar la expresión de Lezama, con quien RGT no tenía casi nada que ver, o quién sabe...

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