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Manuel Bandeira

 

El martillo

 

Las ruedas chirrían en la curva de las vías
Inexorablemente.
Pero yo salvé de mi naufragio
Los elementos más cotidianos.
Mi habitación resume el pasado en todas las casa que habité.

Adentro de la noche
En el tronco duro de la ciudad
Me siento protegido.
Del jardín del convento
Llega el piar de la lechuza.
Dulce como un arrullo de paloma
Sé que mañana cuando me despierte
Voy a oír el martillo del herrero
Marcar valiente el ritmo de su cancioncita de certezas.

 

Trad.;Ezequiel Zaidenwerg

Uno va leyendo y se dice "está bien, pero no tan bien como otros poemas de Manuel Bandeira”, hasta que aparecen las dos líneas finales, y, sobre todo, la última, como una revelación. Y uno entonces, descubre: claro, era para propiciar que eso ocurriera. Eso: el ritmo del martillo del herrero, ahí, fuera del cuadro, como una cancioncita de certezas. Así el mundo, las cosas del mundo, que nos hacen el regalo de existir, o la donación de existir, para que tomemos nota de que, por suerte, lo que existe es mucho más, y más vivo, y más irreductible a nuestra voluntad, que las palabras, las ideas, las obsesiones, los miedos, las fantasías, los sueños. Sale uno de la prisión inmaterial y tiránica de su “yo” y se encuentra en condiciones de celebrar, con las cosas del mundo, el privilegio de estar existiendo, en su mundo (no encuentro diferencia, a veces, entre la “desyoización” materialista y la experiencia mística, ¿habría una mística de la existencia material?). El título “El martillo” no deja dudas: de eso el poema quiso, desde un principio de la lectura, tratar, a eso iba, y, si Bandeira fuera devoto de la síntesis, bien podría haber dejado las tres líneas finales solamente, y el poema seguiría siendo buenísimo: “Sé que mañana cuando me despierte/ Voy a oír el martillo del herrero/ Marcar valiente el ritmo de su cancioncita de certezas.”, porque la potencia de la última, y esa imagen, “cancioncita de certezas”, basta para sostener cualquier cosa. Pero no quiso, parece, privarse del camino previo, o privarnos de él, porque no es poca cosa el placer de ir transitándolo: “yo salvé de mi naufragio/ Los elementos más cotidianos./ Mi habitación resume el pasado en todas las casa que habité”.

 

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