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Jacobo Fijman

 

"Los ojos mueren en la alegría de la visión desnuda de carne y de palabra,
en la tierra desnuda y en el cielo desnudo,
en el día desnudo y en la noche desnuda bajo los cielos todo crecidos.

Es demasiado bella la noche de oro de muros y banderas luminosas.
Corremos en la noche de plata bajo la noche de oro.

Tierra desnuda, tierra perfecta, cielo desnudo, cielo perfecto.

Voces desnudas de la voz eterna.
En la noche de oro nos llaman las campanas,
y oímos el vuelo de las palomas desde la noche de plata bajo la noche de oro."

Que haya estado loco, si lo estuvo, Fijman, no tiene nada que ver con esto, o, si lo tiene, no es por eso que importa. Hay algo así como una bendición, un inapreciable regalo para el alma, en lo que a uno le ocurre cuando se permite entrar en esa suerte de espléndida locura, o delirio, o como se le quiera llamar, en la que nos sumen sus poemas. Lejos de cualquier enajenación o goce autosatisfactorio, es algo así como un despojo de todo lo que nos vuelve miserables y una posibilidad de encuentro con lo que nos excede, con lo que no somos nosotros. ¿O no es algo así el amor?

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