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Francisco Garamona

 

Ay, cabecita rota
que bajás rodando
por la ladera 
de una montaña amarilla.
Cabecita que vas 
arrastrándote lejos,
casi sin sentido,
cerca de la noche,
entre la niebla y el frío.
Que a veces te detenés
para tomar envión
y seguir tu rumbo,
confundida pero llena
de buenas intenciones.
Es que vas enamorada,
pensando en tantas cosas,
aunque te cueste definirlas.
Un espacio no se construye solo,
la soledad es igual,
siempre llena de dobleces
que nos parecen transitivos. 
Pero no sé por qué ahora 
te hablo de estas cosas…
Cabecita rota, vas mirando, 
los repliegues del camino…
Sí, vos andá por todas partes, 
porque cada vez que elijas va a estar bien.
Creo que incluso yo podría 
meterte en un bolso de mano
y dejarte donde gustes. 
Tengo una amiga que vive en Arizona…
También un amigo que vive en Miramar
donde el mar es oscuro,
y lleno de peligros que amenazan su vida. 
Cabecita soñadora,
rota, rota, a veces te sentís sola
pero no tengas miedo,
dale?

Como frutilla del postre, por así decirlo, ese sencillo “dale?” final confirma y completa eso que a uno le venía pasando al leer: cierta conmoción leve pero consistente, discreta pero que cala hondo, tan elemental que resulta extraordinaria, tan "común" que resulta extraña. "Ternura", es la palabra. Ya el “ay, cabecita rota” de la primera línea, y después cada una de las cosas que la voz hablante del poema le va murmurando como en voz baja a la segunda persona (la cabecita rota o soñadora) vienen animados por una actitud protectora y desguarnecida, inusualmente dispuesta a ser percibida, sin enfatizar en nada la conmoción sino dándole lugar. Nadie en la poesía hoy, hasta donde sé, maneja la ternura tan bien como Francisco Garamona. Hasta que Garamona lo hace como lo hace, parece imposible hacer algo así: hacerlo bien, quiero decir, hacerlo sin dejar de hacer poesía. "¿Cómo se anima?", me digo, pensando en lo fácil que es verlo como torpeza, ingenuidad o falta de oficio –tan precavidos como somos, tan cuidadosos de no dejar ningún flanco al descubierto o dar algún paso en falso–, como si lo que el autor hiciera acá fuera “expresarse”, descargar “lo que siente”. Pero si de veras uno se permite el básico trabajo o placer de leer, de encontrarse con eso que está escrito, tal vez uno pueda decir que es radicalmente poético el modo en que esta administrada esa conmoción: palabras que no “dicen” sino “hacen”, van haciendo que se mueva algo que está más allá de las palabras o entre ellas: una vibración del alma, como la que produce la música, algo que al lector el poema le revive, como quien reconoce algo de sí mismo. Dejarse permear por la ternura que permea todo el texto es condición de la lectura pero, si la lectura importa, no es por eso sino por el valor que tiene en sí misma la danza de imágenes, sonidos y sensaciones. Tanto como el poema da lugar a la ternura, podría decirse, toma a la ternura para hacer de ella una fuente de su peculiar fuerza poética. No necesariamente sencillez es simpleza.

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