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Diego L. García

 

hay una fotografía en el reverso de los actos 
que todavía se representan como nuestros.
la escena de una película americana. 
siempre de posguerra. es decir. latente
entre las decisiones de sujetos y gobiernos
entidades que regulan los matrimonios
las salidas de sábados regulares para mirar
las estrellas desde el capó de un auto turquesa
las vallas blancas de las casas. madera por
todos lados. y las postales de todos esos mundos
que compramos acá. es como un supermercado
de grandes sueños. una serie de soldados
desertores mirando televisión en las madrugadas
y levantándose a las 6 para construir pirámides
con botellas de coca-cola. esas medallas son
las nuestras. nos quedamos dormidos en los
pantanos de una telenovela sin fin. la
cena está servida! los niños corren escaleras abajo.
una navidad interminable. la nieve en los deseos
aunque haga 40 grados y nuestras baldosas
se resquebrajen. nuestras baldosas mentales
por donde desfilan los impulsos y las apuestas
que hacemos en el último casino de la frontera

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las calles nevadas son siempre un lugar para volver.
la postal y su reverso en blanco: me dirás la verdad?
un empapelado de 1945. un cóctel en manos
de una espía rusa. la lista de todos los errores
en una carpeta sin título. es mejor que las
palabras se agrupen solas. el automatismo
funciona muy bien en la pintura. qué podría
encarecer nuestro plan? en algún punto tras la muerte
la casa y el fresno en el jardín podrán corroborar
que las mejores legiones renunciaron al sentido
de la vista mucho antes de redactar sus promesas

Objetividad y delirio. Si "objetividad" fuera escribir como renunciando a cualquier expresión de "lo que se siente" o "se piensa" para que en su lugar vaya el registro de algo, que pueden ser imágenes o pensamientos, tomados de "la realidad" o la memoria o la imaginación pero válidos por sí mismos, como objetos dignos de atención por su sola existencia, que ante todo se dicen a sí mismos, sin necesidad de agregar ningún inidicio que ayude a valorarlos o apreciarlos. Y si "delirio" o "lógica del sueño" o algo así fuera una técnica del montaje discontinuo y aparentemente ilógico (algo que acerca la lectura de este poema a la de los de Ashbery, a cierto Arteca), que va articulando realidades fragmentarias por algún motivo que uno no entiende, pero que al aceptar que estén así montadas uno acepta que algún motivo debe haber. El poema transcurre ante uno, o la lectura lo hace transcurrir como una película a lo Dziga Vertov, disfrutable por lo que se ve o experimenta y también por lo que a uno se le mueve en la mente con ese juego productivamente desconcertante, infinito. Y todo movido por una poderosa energía interna, como de "película americana", no exenta de alguna crudeza ni de un ánimo realista: en ninguna otra época podría haber sido escrito este poema, y lo que importa no es su capacidad de representar nuestro "ahora" (como si la función de la poesía fuera proveer de material a historiadores y antropólogos) sino la de hacer con la singularidad de nuestro "ahora" esto que hace, válido de por sí, poner a la vista la riqueza de esa realidad presente.
Qué bueno, pienso, leyendo a Diego L. García, cuando uno encuentra en la poesía que se está escribiendo algo que lo sorprende, que lo sobrepasa. No porque esté direccionado a sorprender o sobrepasar, para nada, sino por la audacia y la singularidad de su apuesta, lo que tiene de complejo, de íntimamente consistente y de inagotable la realidad que a uno le presenta, lo incitante y revelador e inquietante del trabajo o juego que a uno le propone.

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