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Mirta Rosemberg

La consecuencia

 

Esto es un árbol. La raíz dice raíz,
rama cada rama, y en la copa
está la sala de recibo
de un mirlo que habla.

La mesa donde escribo 
—una fiesta de solteras—
está hecha de madera de ese árbol 
convertida por el uso y por el tiempo
en la palabra mesa.

Es porque da frutos que caen
y por el gremio perenne de sus hojas
que se renueva el árbol
y que existe la palabra árbol:

aunque a veces el bosque
lo oculte a la vista, lo contiene
el árbol en la palabra árbol.

Y no es que éste sea un poema abstracto.
Es que las palabras se repiten entre sí 
por el sentido: son solteras y sociables
y de sus raíces crece un árbol.

Ninguna concesión: rigor, inteligencia, una extrema responsabilidad en la elección de las palabras y en lo que se deja transmitir a las palabras. Ningún guiño cómplice, ninguna familiaridad: el juego que se le propone al lector está a la vista, la escritura es escritura y el mundo es mundo, y más vale hacerse cargo. No sale uno de la lectura inspirado: sale sensato, despierto, lúcido, con la soltura de ánimo del que no se entrampa en ilusiones y pisa firme. Singularísima, la poesía de Mirta Rosenberg se atuvo, desde un principio y siempre, a lo suyo, con su propia manera de conformarse, difícil de etiquetar y guiada por algo así como una ética de la creación extrema. Hubo con Mirta coincidencias y divergencias, caras cómplices y caras distantes, no de manera intensa en un sentido o en el otro, nunca muy duraderas. Nos respetamos mutuamente en serio, creo, y nos valoramos mutuamente. O al menos yo la valoré y la valoro, mucho. Me gusta encontrarme con esos textos, volver a ellos, recorrerlos, y a la ausencia de su autora la estoy tratando de entender.

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