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e.e. cummings

 

que mi corazón siempre esté abierto a los
pajaritos que son el secreto de la vida
canten lo que canten es mejor que saber
y si los hombres no los escuchan es porque son viejos

que mi mente ande por ahí hambrienta
y sin miedo y con sed y ágil
y que aunque sea domingo me equivoque
porque siempre que aciertan los hombres no son jóvenes

y que yo mismo no haga nada de provecho
y te ame a vos más que de verdad
nunca existió un idiota que no fuera capaz
de bajar todo el cielo de un tirón sobre él con sólo una sonrisa.

​

Que un poema empiece hablando de pajaritos, y encima diga que son el secreto de la vida, le enciende a uno las alarmas. No son, además, los únicos indicios de que puede venirse encima la simplista melcocha sentimental, pero Cummings es Cummings y siempre termina no sólo por arrasar con cualquier prevención sino por desbordarme, porque a eso que podría ser (o es) ingenuidad o puerilidad lo extrema hasta convertirlo en una experiencia que tal vez pueda llamar "mística", y que, en todo caso, es de apertura, de despojo de seguridades, y ahí entra uno a revelaciones ("que mi mente ande por ahí hambrienta/ y sin miedo y con sed y ágil/ y que aunque sea domingo me equivoque/ porque siempre que aciertan los hombres no son jóvenes") de las que resulta el encuentro con una radical sabiduría. En cierto modo, además, de eso habla este poema, traducido y publicado por Ezequiel Zaidenwerg, pero no es un dato menor el que al hablar de "eso" -y por eso consigue lo que consigue- lo hace como jugando, como quien no da ninguna importancia especial a lo que dice ni a sí mismo.

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