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Aníbal Cristobo

 

Una carta a Madame Blavatsky

 

Estoy escribiendo, casi a trescientas millas
del hogar, y su órbita se aleja, sin ningún
interés

en los movimientos de una lengua
que antes brillaba intensamente, en las regiones
inexploradas del Tíbet. Aprendo
que usted es la viuda de un concejal ruso, pintado

por su padre. Ahora bien: ¿cuáles son
estos hechos? Los devotos
han venido de El Cairo con un guante relleno de algodón
que representó la mano y el brazo
de una cierta sustancia materializada –usted

insiste, el Coronel Olcott
de otro mundo. Sobre otras cosas dije
sí, que eran verdades si –marque
si- la doctrina del Karma era el sonido. Debiera

haber pensado el funcionamiento, o algo
semejante. Es cierto
que escribí esas palabras, y sin embargo no
las engendré.-

Meter a la poesía en terrenos que no suelen pertenecerle, o, a la inversa, ver cómo la poesía da lugar a algo que se supone que no tiene mucho que ver con ella. Salir a probar posibilidades, o a establecerlas, en algunas formas, algunas actitudes y algunos modos con los que hasta ahora la poesía tuvo poco o nada que ver es un rumbo por el cual unas cuantas de las mejores tentativas, en estos años, vienen tratando -y los resultados, a veces, son notables- de mantener en pie ese impulso por el cual la escritura se abre paso para hacer lo suyo, si es que lo suyo, en el caso de la escritura poética, es no formar parte dócilmente del consenso en el que, como "todos sabemos de qué estamos hablando", da lo mismo decir que no decir. Por medio de un lenguaje "de prosa", sin "brillo", como si montara fragmentos del copy and past de una conversación, un monólogo o un apunte, pertenecientes todos a historias de las que en el poema no quedan más que restos, insuficientes indicios, Aníbal Cristobo lo pone a uno ante objetos verbales -frases, oraciones, tramos discursivos- ante los que uno tiene que arreglárselas. Es lo elidido, lo discontinuo, los saltos en blanco, lo enrarecido de la atmósfera, la ausencia de cualquier familiaridad, la apuesta a mirar los tramos de escritura como materia digna de consideración, lo que convoca al trabajo de lectura y hace que sea radicalmente poético ese trabajo, en tanto el sentido, lejos de establecerse, danza, y todo sometido a una administración de la materia escrita en el espacio de la página que no por no interesarse en llamar la atención sobre sí deja de ser muy rigurosa, muy rigurosa, musical a su manera. Extrañeza: de eso estoy hablando. No hay, diría, exagerando tal vez, buena poesía que no implique extrañeza, y para producir lecturas extrañadas ahí lo tenemos a Cristobo. 

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