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Gonzalo Rojas

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¿Qué se ama cuando se ama?

 

¿Qué se ama cuando se ama, mi Dios: la luz terrible de la vida
o la luz de la muerte? ¿Qué se busca, qué se halla, qué
es eso: ¿amor? ¿Quién es? ¿La mujer con su hondura, sus rosas, sus volcanes,
o este sol colorado que es mi sangre furiosa
cuando entro en ella hasta las últimas raíces?

¿O todo es un gran juego, Dios mío, y no hay mujer
ni hay hombre sino un solo cuerpo: el tuyo,
repartido en estrellas de hermosura, en partículas fugaces
de eternidad visible?

Me muero en esto, oh Dios, en esta guerra
de ir y venir entre ellas por las calles, de no poder amar
trescientas a la vez, porque estoy condenado siempre a una,
a esa una, a esa única que me diste en el viejo paraíso.

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"Impulso", "fluir", "potencia", "movimiento", son algunas de las palabras que me vienen cuando trato de dar cuenta de lo que me pasa al leerlo. Lo que se arma en la mente al hacer un combo con esos cuatro conceptos, inseparables entre sí, alimentándose mutuamente. Y también, y muy especialmente, "contradicción", porque algo que caracteriza a la poesía de Gonzalo Rojas es su gozosa aceptación de lo contradictorio: elementos que se contraponen o se contradicen entreverados en un fluir, arrastrados por ese fluir y al mismo tiempo alimentándolo, generándolo, potenciándolo, sin posibilidad de que se resuelva nada, como en la vida. "Vitalidad" también, claro. No "vitalismo" sino "vitalidad", lo que para nada se contrapone en este caso con "inteligencia", ya que una y otra danzan, cada una moviendo a la otra. O, más bien, "lucidez": nada a ocultarse, nada que tenga que ver con el conformarse sostenido en algún engaño, algún consuelo, alguna idealización. No una lucidez desolada, sin embargo: se trata de poner las cosas en juego, de disfrutarlas en su existencia realísima, material, tan lujosa como plebeya. ¿"Erotismo"? Sí: en todos los sentidos en que quiera entendérselo, esta poesía es erótica.

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