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José Villa

 

Se le cayó la manzana

 

Se agachó sobre la huella,
sangrando
por dentro, y como diciendo
chala, overa, pelo, grueso, suelo,
almidón

Había un señor mirando hacia la tela celeste
recostado sobre cañas pasadas,
y arrodillados en el charco
los caballos de oro horroroso,
lamiendo pies, Y
de lo contrario hechos Y

Me vi cruzando mi propia
voluntad, con el cierre del sino
que había dado
aquel que va a cruzar: ni manzana
ni tiempo

Una poesía de la observación, si eso implica mirar las cosas como si su sola presencia fuera un pequeño acontecimiento, y a su modo también una poesía conversada, por el tono bajo, el ritmo a la vez tranquilo y flexible, la sensación que esta escritura produce de estar nomás intercambiando algo con otro -el que lee- sin ninguna pretensión de imponer nada ni seducir ni enfatizar. Eso al principio, como aceptando una "marca de época" (la que se suponía correspondiente a los años en que´la poesía de José Villa empezó a conocerse), pero sólo al principio: la precisión en la construcción de la frase, tan típica de Villa no equivale a "transparencia". Algo disuena, algo no encaja en el orden lógico, y ese discreto pero palpable paladeo de las sonoridades que también uno le agradece casi siempre a Villa en algún momento se desata y pasa, gozoso, al primer plano: "chala, overa, pelo, grueso, suelo, almidón". Zelarayanamente, la congruencia se desarticula, o al menos se va de la superficie del discurso, y las palabras juegan felizmente su juego. Y además la imaginación, que irrumpe con ráfagas surrealistas o madariaguescas ("caballos de oro horroroso"), con lo que eso tiene de hendidura en la superficie de "la realidad" y de fiesta de la aliteración. Y encima inteligencia, pensamiento. Demasiado, ¿no? para un poema de apenas 16 líneas, y encima cortas, pero ahí está todo. Suele pasar con la poesía de Villa: nada llamativo, nada que busque complicidades ni impresionar, pero, apenas uno se mete un poco, lo que va encontrando da gusto.

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