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Francisco Madariaga

 

Los poetas oficiales

¿Amoldáis vuestra esfera a los más íntimo del porvenir?

Perros enanos entecos, tenéis a vuestro servicio los escribientes nacionales,

pajarracos de la patria.

Canasteros de los frutos del odio, no estoy arrepentido de tener a mi servicio las

joyas y los frutos del deseo.

Principitos destronados de toda sangre de composición en la naturaleza.

Eugenios, Equis, Clauditos, perritos de ceniza.

 

Un prestigioso crítico de los ochenta, que de veras admiraba a Madariaga, le reprochó en una reseña que malgastara su talento en diatribas o hiciera de la poesía un campo de batalla por ideas o para tomar posición ante algo que lo reclama. “Los poetas oficiales”, el poema al que estaba refiriéndose y uno de los más conocidos del autor, hace todo eso, pero no por eso es el gran poema que es: la potente pasión del compromiso, de las ganas de salir con todo a la cancha, del cuerpo arrojado a enfrentar los poderes de la degradación, la anulación o el aniquilamiento, es algo así como el chorro incontenible, la corriente, al que la escritura se sube para avanzar y en ese avance hacer destellar la poesía, o el combustible que la mueve, vibrante, y la escritura entonces aprovecha la carga pasional de las palabras para instalarlas, reverberando, en el fluir, para cantar, hacerse canto. "Perros enanos entecos": a ver quién es capaz de sintetizar con tanta eficacia sonora y tanta riqueza connotativa un insulto, de modo de que tanto como insulto sea una realidad verbal viva por sí misma. Y quién articula una imagen como "canasteros de los frutos del odio", o, más aun, "principitos destronados de toda sangre de composición en la naturaleza". Y esa frase final, poderosa música en torno de la belleza del desprecio que a mucjos nos sigue resonando para siempre en la mente: "Eugenios, Equis, Clauditos, perritos de ceniza."
Nota al margen: ¿a quienes, por lo que acá se lee, Madariaga hoy llamaría “poetas oficiales”?

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