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Diego Brando

 

Hemos intentado ya todo, deslizamos el pensamiento
como un pez arrojado al agua
y sucumbimos ante la idea de escaparnos.
El encierro es un lugar en que los locos se pondrían a gritar,
la cara de una moneda borrosa e inexistente.
Pero no estamos locos, tan solo somos seres expuestos a la polución,
a la cara desagradable de la luna.
¿Quiénes son nuestros jueces?
¿Dónde huir cuando la noche es un secreto?
Es la tierra un caballo embravecido a punto de expulsarnos,
la luz repentina de un relámpago.

Se zarpó Diego Brando. Desde que empecé a leer poemas suyos, no sé si hace dos o tres años, tal vez más, me gusta la consistencia de su escritura y la singularidad, nada ostentosa pero sí decidida, del pensamiento que subyace en esa escritura. Esa conjunción de sensibilidad hacia "la realidad concreta" y lucidez, a través de una escritura tranquila y precisa. Y ahora lo veo dando un paso más, como metiéndose en las entrañas oscuras del existir, ese caos contradictorio, como quien va quitando, como si fueran capas de una cebolla, los sucesivos forros de autoengaño tranquilizante que vamos formando para subsistir. Nada se resuelve, pero no es para resolver algo que se avanza sino para hacerse cargo de la vida concreta que nos toca. Hacerse cargo de esa manera de lo contradictorio y de lo que se nos escapa, ese no mentirse, es duro, pero al meterse en ese brete uno se vuelve un ser más vivo, más fuerte, menos pavote. .

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