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César Vallejo

Los heraldos negros

Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé! 
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos, 
la resaca de todo lo sufrido 
se empozara en el alma... ¡Yo no sé!

Son pocos; pero son... Abren zanjas oscuras 
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte. 
Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas; 
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma 
de alguna fe adorable que el Destino blasfema. 
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones 
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre... Pobre... ¡pobre! Vuelve los ojos, como 
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada; 
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido 
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!

Puesto acá con el pretexto de los cien años de Los heraldos negros, cumplidos ayer. Uno de los más grandes poemas de nuestra lengua, y no, por supuesto, por la extensión. "Grande", digo, porque lo veo como un colmo, algo así como el grado más alto al que se puede llegar. ¿De qué? En la capacidad de cargar de verdad la escritura. Que la escritura suene como una verdad absoluta, cierta en sí misma, con toda la potencia de lo vivo, de lo que responde por sí mismo, como si una verdad se hubiera volcado en la escritura hasta encontrar su lugar más justo y estuviera para siempre ahí, respirando, reverberando. Golpes de verdad que a uno le llegan, ráfagas de verdad. Nada que ver con "decir lo que se siente" o "expresarse": no es lo que le pasaba a Vallejo al escribirlo lo que acá importa, ni los motivos por los que lo escribió, sino su capacidad de hacer de eso un objeto absoluto. No es de Vallejo que el poema habla: algo hace que hable en uno, en mí al menos, al leerlo. Ninguna posibilidad de estafa, consuelo ni engaño: algo que se funda al ir diciéndose, una verdad.

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