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Charles Simic

 

Muchos ceros
.
El maestro está parado, mudo, ante una clase
De niños pálidos, herméticos.
El pizarrón detrás de él, tan negro como el cielo
A años luz de la tierra.
.
Es el silencio lo que ama el maestro,
El sabor de lo infinito en él.
Las estrellas como marcas de dientes en los lápices de los niños.
Escúchenlo, dice feliz.

“Eso” que uno siente, o que a uno le pasa, al leer a Simic. No es emoción ni algún tipo de revelación, ni un pensamiento fuerte ni un gran placer estético. La sensación es de extrañeza: reconocer que algo “está ahí” y resulta desconocido, aun en los casos en que uno ya creía saber qué es. Perdió, si la tuvo, familiaridad, naturalidad: no hay desconcierto ni sorpresa ni asombro ni confusión, sino extrañeza, algo que lo lleva a uno a suspender el juicio, algo que, porque no entra en lo previsto, suscita atención, mueve algo en la mente. La pequeña felicidad de que algo no sea atrapable, de que no haga falta entender.

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