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César Moro

 

6.

El agua lenta las variaciones mínimas lentas
El rostro leve lento
El suspiro cortado leve
Los guijarros minúsculos
Los montes imperceptibles
El agua cayendo lenta
Sobre el mundo
Junto a tu reino calcinante
Tras los muros el espacio
Y nada más el gran espacio navegable
El cuarto sube y baja
Las olas no hacen nada
El perro ve la casa
Los lobos se retiran
El alba acecha para asestarnos su gran golpe
Ciegos dormidos

Un árbol ha crecido

En vano cierro las ventanas
Miro la luna
El viento no ha cesado de llamar a mi puerta
La vida oscura empieza

No hace faltar aceptar los postulados del surrealismo (por más que César Moro haya estado, entre quienes más merecieron esa denominación de los surrealistas latinoamericanos), y ni siquiera saber qué es el surrealismo. Ni hace falta "entender" ni buscar alguna clave ni complicarse la vida buscando una interpretación. Hay que dejar que se sucedan, tranquilamente, las palabras, las frases, los versos, que vayan bajando como el tiempo en el reloj de arena, animados por su propia fuerza, movidos por su propia vida interna, diciendo lo que tienen que decir, o, más bien, presentando lo que tienen para presentar. Atender, sin pedir nada, sin especular, atendiendo nomás, con la sensibilidad abierta, como cuando se escucha una música o se mira una danza (o el moverse de las nubes en el cielo, o el de los peatones y los autos en una esquina de la ciudad), para disfrutar lo que el contacto con cada frase, cada verso, va suscitando en el alma, y del juego entre lo que deja un verso y lo que le agrega el siguiente, ese sucederse de imágenes, esa película superreal: algo importante le pasó a uno en esa experiencia, algo bueno y verdadero, vivido sin vueltas, vivido en sí mismo, para vivirlo nomás. Con la seguridad (aunque no haga ninguna falta insistir en eso) de que "algo más" se movió, "algo más" se tocó, "algo más" quedó suscitado. ¿Importa de veras qué? Ocurrió, eso es lo que importa

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