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Osvaldo Lamborghini

 

Matinales (aguas del alba)

(...) Siempre es el espíritu el que habla:
Soré/Resoré, de la llanura clancas divinidades. La madre y la hija, la dulce entraña. El padre, la irreconocible piltrafa. En este tapete, que no es precisamente verde, se le escribe al que lee. Frase por frase.
Siempre es el espíritu el que habla:
De la humedad o rocío de la mañana, como a flor de agua, ascendió la esfinge que el clam reclama/ la pierna del cojo (y bien) extirpada. Yace en una vasija con mirilla de plata y pesa menos que un gusano, arrancado de un golpe con una pinza de depilar –figura—el ceño de la máscara. El padre lo adoraba.
Siempre es el espíritu el que habla:
Enredado al domirme en los pliegues del chiripá, hoy ropa de antaño, amanecí atravesado por mi cuchillo, amanecí muriéndome como el que al despertarse mira el cielo, toca su sangre. Una manera de morir, tal vez, pegado a lo interminable.

Frases animadas por “algo”, una fuerza, un ritmo, algo que hace pie en la escucha mental para avanzar, saboreando la pronunciación de cada palabra, a la vez que percibe en las palabras un aura sospechosa que lleva a mirarlas sin tomar muy en serio lo que “dicen”, como se mira el juego de chicos malcriados, y asentando en ese gesto (“no les creo mucho, juego con ellas”) un pacto con el lector, compartiendo un placer. Años de arraigados y no del todo injustificados prejuicios se me fueron al diablo cuando encontré este fragmento de “Matinales”. “Epa, qué riqueza, qué pericia en la elección de las palabras, qué juegos entre lo que se dice, lo que se escamotea y lo que relumbra intencionado en las connotaciones, qué delicadeza en la administración de vocales y consonantes”. No es que no haya, en la poética de Osvaldo Lamborghini, cosas que todavía me desagradan –guiños cómplices a la cofradía, el gestito de superado, como quien se arroga el derecho a fregarse en todo, el soborno al goce sádico y otros modos de la militancia en el transgresorismo–, pero qué necio o ignorante debí ser para no advertir lo que hay en esa exacerbación voluptuosa de la “literariedad”. Casi de entrada, que el texto es de OL me di cuenta por la frase “Soré/Resoré, de la llanura clancas divinidades”, pero fue un instante después del asombro que me produjo, al encontrarmelo desprevenido, ese ver ahí a las palabras viviendo, moviéndose con vida propia, haciendo su propio juego, astuto a su manera y gozoso y hasta dramático, ajeno a cualquier previsibilidad y a cualquier justificación. Que “Matinales” esté en el volumen “Novelas y cuentos” de OL y no en “Poemas” no le hace: algo que suelo pedirle a la poesía y no siempre encuentro estaba ahí, sustancioso, abriéndose paso.  Una de las mejores cosas que a uno le pueden pasar es que se le deshaga un prejuicio, especialmente si a uno le importa la poesía.

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