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Giuseppe Ungaretti

 

Vanidad

 

De improviso
está, alto,
sobre las ruinas
el límpido
estupor
de la inmensidad

Y el hombre
encorvado
sobre el agua
sorprendida
por el sol
se descubre
una sombra

Mecida y
despacio
rota

Percibir que algo destella como sagrado en la modesta experiencia de estar entre las cosas del mundo, atesorar, como se atesora una revelación, las sensaciones y los pensamientos que suscita el acontecimiento de existir. Pocas palabras, muy pocas, para producir ese pequeño milagro, amorosamente dispuestas, como fragmentos de un discurso imposible, para que los que "hablen" sean la consistencia propia de cada una de las palabras –su “personalidad”, su misterio– y el silencio de lo omitido que las envuelve, que hagan posible el estremecimiento del encuentro vivo. Probablemente haga falta en algún momento apartarse de esa destilación extrema de la espiritualidad simbolista que propone el “hermetismo” de Ungaretti –le resulta a uno muy fácil, por esa vía, quedarse estancado en la satisfacción del regodeo contemplativo–, más vale alivianarse, romper con lo que pueda haber ahí de extático, dar algún sitio a la acción desacralizadora del humor y la sospecha. Siempre que cada tanto pueda uno volver a esas asombrosas conformaciones verbales y disfrutar, como quien carga las pilas, lo que de sabiduría y de amor a lo existente puede uno, arrojado a esas lecturas, encontrar en sí mismo.

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