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Elena Anníbali

 

de Curva de remanso

 

haber abandonado qué?
haber conseguido qué?
la belleza la costumbre el trapo

yo esperé largo pero no vino
nadie a verme en mi silencio yo esperé pero
no vino nadie a verme en toda muerte

estuve ausente yo o todos los que amé estuvieron ausentes
o estuve ciega yo y no vi nada más que el mendrugo en la mesa el hijo
en la cama, helado, el hombre de mi lado frío, el ladrillo de mi casa
cayéndose, quebrado, el perro que guardé, rabioso

estuve ausente yo o el infierno estuvo
en el ojo que vio caer la tarde, porque el infierno no está
arriba o abajo, sino a nivel de las cosas elementales:
grano negro abierto en la lluvia o sapo, o entero
cadáver desmigajándose por el verano, como una hogaza yéndose
hacia lo invisible

estuve ausente yo o yo me llené de ceguera y no pude
ver cómo de a poquito se fue el padre y los amigos, el verano altísimo 
y duro en que perdí todo lo que había para perder y me llené la boca
de esta arena caliente en que hube de construir todo lo ido, lo seco
lo difícil

vine y no estuve, o nadie 
estuvo, o desaparecimos de a poco, borrándonos
como se borra el campo en la mansa precipitación
de la noche

Parece por lo general estar contando algo, o recordando algo que ocurrió, o más bien esa es la vía para, del registro de la vida que a uno le toca, o de ciertas situaciones, extraer cierta energía potente, "dura" podría decirse, que hace de la escritura un ejercicio de la vigilia y la vigilancia, y también de una forma de la incertidumbre que se vive como otra fuente de energía. Densa, firme, austera aunque no por eso autorrestringida, la de Elena Anníbali es una escritura a la medida de la subjetividad implícita en esa escritura: implacable, como quien con los ojos de la mente radicalmente abiertos, reacios a pasar por alto nada de lo que nos pone a prueba en el vivir, va haciendo de eso que ve o vive realidad verbal concreta, ineludible. Hacerse cargo, poner decididamente el pie sobre la áspera tierra concreta para avanzar sin pedir tregua ni consuelo ni quejarse ni idealizar o consolarse con el vuelo de las fantasías. No, sin embargo, para solamente dar cuenta, porque ahí, en ese ir y venir de las palabras, y en el juego entre las palabras y el pensamiento, hay un continuo movimiento contradictorio, como es contradictorio y móvil el mundo del que se hace cargo, y porque, incluidas sin mostrarse mucho en lo que las frases tienen de severidad y la lucidez, se agitan, potenciándolas y enriqueciéndolas, el humor irónico y cierta absorta ternura o inseguridad casi infantiles. Cuando una escritura poética supone lectores inteligentes y dispuestos a la autointerrogación y nada afectos a lo unívoco, y cuando, además, y no menos importante, está guiada esa escritura por un arte de encontrar las mejores palabras e imágenes que vengan al caso, uno celebra.

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