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Carlos Schilling

 

Principio de destrucción
.
Cuántas cosas parecen invitarnos
a destruirlas: nos hacen señas, piden,
sin decir nada, un último deseo,
que nunca es imposible.
.
Pese al furor de su elocuencia muda,
no las habita un ángel ni un demonio,
son lo que son, objetos, y debieran
renunciar a nosotros.
.
Pero un papel con frases manuscritas
y plegado hace años, por ejemplo,
puede leerse a sí mismo y decretar
su condena al infierno.
.
La cajita de fósforos vacía,
gastada en ese fuego, también busca
que algún gesto instintivo de la mano
la arroje a la basura.
.
Aunque la destrucción no tiene buena
fama como principio universal,
aceptemos que todos nuestros actos
cumplen su voluntad.

​

¿Resignación? Más bien diría sensatez, desapego, una tranquila y seria disposición de hacerse cargo, una renuncia a la autocomplaciente seguridad que da no aceptar que las cosas y el mundo no nos piden permiso para ser como son. No para quedarse en el "bueno, qué vamos a hacerle" sino para pararse sobre terreno consistente, no engañoso, y desde ahí hacer lo que hay que hacer. "Sabiduría" tiendo a llamar a esa tarea sin fin, y me gusta el modo en que, en este y otros poemas, Carlos Schilling la pone en práctica: el poema como espacio para que se despliegue una reflexión, por lo general a partir de "hechos" y "cosas" bien concretos que están ahí, en la vida concreta, reclamándonos (si sabemos y queremos verlos) atención. No una reflexión teórica o abstracta: es el movimiento de la escritura entre las cosas y uno, o a partir de lo que hay entre las cosas y uno, el que la lleva a cabo, y, de paso, pone en marcha a la imaginación. Un pensar imaginando. Dicho o escrito todo, además, con soltura y con un humor que, sin exhibirse mucho, anima las frases, las agiliza, como si supiera que el mejor modo de tomarse las cosas en serio es no tomárselas muy en serio.

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