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Aldo Oliva

 

Oda a la derrota

para Antonio Oliva


Aquí estás, pibe lustrín,
diez años,
ojos de vibrante e incisiva
petición.
Aquí, en la oda magna
de los intersticios que ajan la cocina.
Camínala, cucaracha enjoyada
que ilumina,
contrasta las erosiones:
sesgos, gestos, gateadas
en la cundida y oropelada
ciudad. 
Pues andas, cajón al hombro,
y le develas su ser de mera sombra
de excremento.

"¿Un lápiz -me dijiste- un lápiz
quiere? ¿Usted escribe?"
(Sólo esto -pensé).
Pensé también: no pensar.
Sino:
Tanta eminencia
de fango,
alzada y tremolante
como gladio,
para saber
la vida en el enrosque
de la víbora:
en el peso, denso, planetario,
del diluvio;
en el hilo 
límpido y filoso
de la mirada del desprecio:
el calidoscopio
de la producción del alma.
¿Legadas escenas,
rescates emanados
de un abrazo
abarcante -en la
historia-
del oprobio?
Dulce y ominosa
fugacidad
del barro endurecido;
hojas pérfidas de sílex
en el pecho, desasido
de un canto.

Si sabes la derrota,
sabrás el tránsito,
el sudor del ser
que se derrama
y se transmuta;
que, alucinado,
vuela y reposa
en el primario nicho
donde duerme
el vendaval de la locura:
ésa, la que fija
la paradójica prosa
del poema.

Derrota, tú has creado
la fábula del mar
y de sus monstruos;
el infinito
diagrama restallando
de fondo, suturando
la zambullida
abisal del somorgujo,
su emergencia insumisa.
Y así, por tierra,
van también los pueblos
en redota.

Así transfiere al sueño
de la oda
su arabesco borrado.
Intrincadas floraciones
de la trama oprimida;
insurgencias de auroras
en el crepúsculo;
canto rasante
en la fragancia
de la Rosa de los Vientos.

Vuélcate, vaivén alada,
sobre la tácita
violencia del relámpago
en el palor de este violado
papel.
Sé,
sobre el tiempo,
como su tempestad.

Sin aceptar el desafío que Aldo Oliva propone, no me parece que haya modo de acceder una propuesta tan ajena a casi todo lo que desde la segunda o tercera década del siglo XX se viene haciendo como "poesía" en la Argentina, y no por eso menos singular ni menos propia de "su época". Una escritura grave, severa, un vocabulario hiperculto, alusiones a cuestiones que en los primeros intentos no se perciben: esa frase de Agamben según la cual la poesía no se dirige a un lector sino a una exigencia. Si uno se dispone a ver lo que el texto ofrece, tal como está ahí eso que ofrece, probablemente perciba que la gran cuestión o el campo sobre el que esta poesía trabaja -eso a lo que interroga- es la densa complejidad de la vida o la compleja densidad de la vida, atravesada siempre por una ética inclaudicable (que incluye la lucidez y la asunción del compromiso con lo político) y organizada por una estética rigurosa y elaboradísima. Y acaso vea también que, no "a pesar de" sino "en" la gravedad y la erudición, palpitan el humor y la ternura, como componentes de lo que suscita ese extremo trabajo del pensamiento del que es casi imposible no salir muy afectado. Algo de fondo se puso en juego en uno.

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