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Enrique Molina

​

Descenso al olvido

 

He aquí los muertos sentados,
inmóviles alrededor del Tiempo;
adorando su pálida, eterna hoguera,
extrañamente sombríos en su reunión solitaria.

Ahí están, invadidos por marañas mentidas;
poblados por húmedas músicas, por tenaces cigarras.
Sobre ellos el cierzo ha pesado, y sus gestos de antaño, sus cuerpos de vapor,
se condensan de pronto en alargadas lluvias.

No; no hables un idioma olvidado.
No pronuncies tu nombre.
Que no giren con letal lentitud la borrada, tormentosa cabeza.
Que no te reconozcan sus huecos corazones comidos por los pájaros.

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"Muertos sentados, inmóviles alrededor del Tiempo". "Poblados por húmedas músicas, por tenaces cigarras". "Que no giren con letal lentitud la borrada, tormentosa cabeza". Una tras otra vienen las imágenes, destellan, tocan algo en el alma y la conmoción se siente, como si uno hubiera entrado por un momento en otra dimensión, más plena (algo así como un contacto con lo absoluto) o la vislumbrara al menos, entre agradecido o azorado al saber o confirmar que esa capacidad no le es del todo ajena. El discurso del poema, y lo que se llama “tema” o “asunto” en particular, es, en este y en la mayor parte de los de Enrique Molina, no mucho más que la cancha para que en el movimiento de la lectura hagan su juego las imágenes: no hay -o no importa si hay o no- un "decir algo", hay un entrar al juego de lo que la escritura, precisa y delirante, sensual, sensorial, exacta en la elección de cada palabra, da a vivir. Muchos, la mayor parte, de los que apostaban a esa aventura se quedaban pataleando en la torpeza o el ridículo (no es pa todos la bota e potro). No Molina: uno vuelve a leerlo y se complace en poder decir que nada de aquellas poderosas primeras sensaciones se diluyó, aun cuando todo indica que la posibilidad de hacer una poesía a partir de imágenes restallantes no existe ya en la escena del presente. Poemas como "Descenso al olvido", sin embargo, siguen vivos, como si no pertenecieran a una época o supieran encontrar en cada uno de nosotros, los que leemos, algo que ninguna bajeza o infamia de los tiempos puede derrumbar.

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