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Francisco Urondo

 

Carteles

Antes -decía el viejo soldado-, algunas
jaranas me dieron prestigio
de hombre sin mayor preocupación: alegre
jodón, si se quiere: cualquier cosa para
no morir de aburrimiento o vergüenza. Por
pudor había engañado a mis mejores
amigos. Antes estaba enamorado de
las cosas de este mundo: alguna mujer, un vaso
de vino, ademanes que merodean la injusticia." Ahora
no necesita de la memoria
para identificarse; le basta
el presente, esa memoria
por venir. Antes
estaba enamorado de la vida, ahora
ha comenzado a amarla con todo
su odio. "Anoche soñé -seguía
diciendo-que mi hija
y mi nieto nacían
simultáneamente a este mundo
que vendrá. Ahora
puedo morir en paz, aunque
sería mejor que eso ocurra dentro de mucho tiempo.

Captar o aprehender como materia del poema la vida, lo vivo, eso que está ahí, concreto, latiendo, sin nada especial, contradictorio, y todo envuelto en una potencia, la de lo vivo, que avanza políticamente contra las limitaciones y los envilecimientos con los que buscan mantenernos a raya los titulares del dominio y la explotación. Vida plebeya, vulgar, inclasificable, amorosa, en la que la escritura de Francisco Urondo va, sin alarde alguno, sin remarcar nada, haciendo que se manifieste lo que en ella hay de gracia, sacralidad (si se me permite la palabra), belleza, dignidad alta. Y uno, el que lee, llevado a esa escena por el refinadísimo oficio de Urondo, disfruta los modos en que su inteligencia, su sensibilidad y su necesidad de algo genuino se ponen en juego, van percibiendo en las palabras y con las palabras la maravilla del movimiento y la alegría de descubrir. Este poema, se me ocurre, le habría gustado mucho a Saer.

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