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Pablo Anania 

 

Es visible su miedo 
a los espacios, al vacío interior, 
a las mujeres, las mayúsculas,
a la carne, las iglesias, 
a los locos, los triptongos,
a que algo extraño 
surja de sí mismo, 
al amor masculino, 
a las bestias nocturnas, 
a crear, a creer, a confesarse, 
a caminar como rata
en manicomio, a las calandrias,
al bocio, a desnudarse, 
a mirarse en los espejos 
rotos, miedo a estar solo y miedo 
a la multitud vociferante, 
a las heridas, al plomo, 
a las reyertas. Se obliga 
a creer que lo que ayer no hizo 
ya no es posible hacerlo
hoy o mañana, atragantarse,
ser vil, díscolo, pendenciero, ojos
vidriosos, "incurables de despojar
y de acumular despojos". Cultiva 
la eritrofobia como método, 
no por deseo de otro
sino por el mero goce de ser 
víctima de un estado psicótico, 
el pequeño burgués al rojo vivo 
enjaulado, macilento, con rubor 
en sus mejillas, en el lado oscuro 
del tiempo, allí mismo 
donde nacen los miedos, 
allí donde es y donde deja de ser, 
donde no ve, no oye, no percibe
el dolor o el deseo del otro. 
Y esa cosa que surge de sí mismo, 
su hogar en la anecúmene, 
niebla, desierto, borde, la frontera 
de todo lo que es su opuesto,
su verdadera esencia: ya seca
el alma que prescinde de lo íntimo.

Ese abismal miedo al vacío interior, a las mujeres, las mayúsculas, a la carne, las iglesias, a los locos. Ese terror, que hay que sofocar de cualquier modo, a que algo extraño surja de uno mismo, el miedo a crear, a creer, a confesarse, a mirarse en los espejos rotos, a estar solo y a la multitud vociferante. Revelaciones: una verdad que se despliega en la lectura, a través de verdades rotundas, como excavadas en lo más denso de la inquietud ante lo que existe. Leo, despacio, como asombrado por la agudeza y la justeza con que Pablo Anania va presentando los rasgos o síntomas de esa condición, la del "pequeño burgués", y no sólo voy reconociendo que así es, sí, sino poniendo a consideración cada frase, con lo mucho que cada una suscita. Por supuesto que un motivo por el que valoro tanto al poema es por "lo que dice" (lo que muestra, lo que da a pensar), pero no lo valoraría tanto como poema si no fuera por el juego o trabajo espiritual en el que me lleva a meterme, por medio de la precisa selección de palabras, el ritmo, los sonidos, lo que hay de inesperado o descolocante o singular en el montaje de frases, hasta llegar, como a un puerto imborrable, a ese final, pura revelación: ya seca el alma que prescinde de lo íntimo. ¿Hace falta puntualizar que, si a uno "le toca" tanto lo que ponen a la vista el título "Pequeño burgués" y lo que en el poema tiene que ver con el título, no sólo es porque ahí uno reconoce a maneras de situarse en el mundo que conoce de sobra y lamenta en otros sino porque ahí también uno se reconoce, en gran parte, a sí mismo, "allí donde es y donde deja de ser,/ donde no ve, no oye, no percibe/ el dolor o el deseo del otro"? O así me parece que deberíamos leerlo, hipócritas lectores, mis semejantes, mis hermanos.

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